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Cuando hablamos de hambre, es muy frecuente que se intente clasificarla como “hambre real” o “hambre emocional”, como si una fuera legítima y la otra secundaria o menos importante. Esta forma de explicarlo, aunque muy extendida, suele quedarse corta y no refleja cómo funciona realmente el cuerpo humano. El hambre no es una señal simple ni aparece solo cuando el estómago está vacío; es el resultado de múltiples procesos que interactúan entre sí, y cuyo principal objetivo es la búsqueda de alimentos.

El uso de términos como “hambre imaginaria” puede llevar a pensar que algunas sensaciones de hambre no tienen base real, cuando en realidad todas las formas de hambre cumplen una función. El cuerpo y el sistema nervioso no generan señales sin sentido: cada sensación tiene un propósito, aunque a veces no sepamos interpretarlo correctamente. Reducir el hambre emocional a algo anecdótico es ignorar cómo aprendemos a regularnos, a calmarnos y a sobrevivir desde etapas muy tempranas de la vida.

No todo el hambre se siente en el estómago: a veces nace en las emociones.
El hambre como mecanismo biológico y aprendido

Desde un punto de vista biológico y evolutivo, el hambre es un mecanismo esencial para la supervivencia, igual que el miedo o el dolor. A lo largo de la evolución, los organismos han desarrollado sistemas cada vez más complejos para detectar desequilibrios internos. Sensaciones como el malestar por exceso o por déficit fueron transformándose en señales más precisas, reguladas por circuitos neuronales, hormonas y experiencias previas.

Por eso, una forma más realista de entender el hambre es verla como un proceso que se construye con el tiempo. No aparece de forma repentina ni responde a una sola causa. En ella participan el sistema nervioso, el entorno, las hormonas, la memoria y el aprendizaje. El cerebro aprende a reconocer señales internas, como la bajada de glucosa o el vaciado gástrico, pero también asocia la comida a horarios, olores, sabores, contextos sociales y estados emocionales.

Aprender a distinguir el tipo de hambre es el primer paso para cuidarte mejor.
Por qué el hambre no se manifiesta igual en todas las personas

Si, por ejemplo, una persona ha aprendido que comer le ayuda a aliviar la tensión o la ansiedad, su sistema nervioso puede activar el deseo de comer en situaciones de estrés, incluso aunque las necesidades energéticas estén cubiertas. Esto no es un fallo ni una debilidad, sino una respuesta aprendida que en su momento tuvo sentido y fue útil.

Además, el hambre está estrechamente relacionada con la motivación, los hábitos automáticos y la forma en que cada persona percibe su estado interno. Por eso, no todas las personas sienten el hambre de la misma manera ni con la misma intensidad. En algunos casos, puede vivirse como una señal leve y manejable; en otros, como una urgencia intensa difícil de ignorar.

Desde esta perspectiva, tiene más sentido hablar de distintos tipos de hambre; anticipatoria, impulsiva, compulsiva, sensorial, hedónica, etc. entendiendo que todas forman parte de la experiencia humana. No se trata de decidir cuál es “correcta” y cuál no, sino de comprender qué activa cada una y cómo se manifiesta en cada persona.

Entender el hambre es más útil que intentar controlarla con reglas rígidas.
Gestionar el hambre en lugar de luchar contra ella

A la hora de plantear una pauta nutricional, el objetivo no debería ser eliminar el hambre, sino aprender a gestionarla de la forma más eficiente y personalizada posible. Cada persona se relaciona de manera distinta con la comida: algunas funcionan mejor con pocas ingestas, otras necesitan comer con más frecuencia; hay quien se adapta bien al ayuno y quien no. No existe un único modelo válido para todos.

También es importante tener en cuenta el estado energético del cuerpo. Cuando existe un superávit calórico mantenido, el sistema nervioso percibe que hay recursos suficientes y las señales de hambre suelen ser más estables. En cambio, en situaciones de déficit energético, el cuerpo entra en un modo de alerta, intensificando las señales de hambre para garantizar la supervivencia. No es falta de fuerza de voluntad, es fisiología.

Por todo esto, cuando hablamos de alimentación no se trata solo de decir qué es sano y qué no, o de imponer reglas rígidas. Cada persona tiene una historia distinta con la comida, y entenderla es mucho más útil que luchar constantemente contra el hambre.

Es normal que, en determinados momentos, usemos la comida para calmarnos, desconectar o sentirnos mejor. Eso no nos hace débiles ni significa que lo estemos haciendo mal. La clave está en aprender a reconocer qué nos pasa, qué nos activa esas ganas de comer y qué otras opciones tenemos para cuidarnos mejor.

Una buena educación nutricional no va de prohibir ni de culpabilizar, sino de aprender a escucharnos, tomar decisiones más conscientes y tener herramientas para manejar situaciones difíciles sin sentirnos mal por ello. Cuando entendemos cómo funciona nuestro hambre, es mucho más fácil construir una relación tranquila y sostenible con la comida a largo plazo.

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